Pánico

 

El reloj marca 23:30 . Ha sido una buena fiesta de cumpleaños. Te despides, tomas tu abrigo y te marchas. Todo ese día había estado marcado por bajas temperaturas y fuertes vientos. Concretamente,  de aquellos que calan hasta tus huesos.

No obstante, no te preocupa el intenso temporal sino percibir que la calle está desierta, totalmente desierta. Reflexionas a cerca de lo lógico de este echo, pues … ¿quien saldría con semejante ventisca?

Pero decides no darle mucha importancia, quizá hay señal de vida detrás de la esquina que sigue.

Para tu sorpresa, llevas caminando ya 20 minutos y el panorama no parece cambiar. Las farolas y semáforos otorgan luz a tus veredas, los coches emprenden de noche su travesía. En cuanto a ti, te ves sola. Te percibes desamparada y aturdida.

De vez en cuando te topas con algún sujeto desconocido que va en sentido contrario. Alguno de ellos no te transmite buena vibra, de echo te inspira temor.

Nadie te persigue, pero estás volteando tu rostro cada vez que escuchas un ruido.

Desearías tropezarte con algún viejo amigo, pero nadie sale a tu encuentro.

Ocupas tu mente con vanos pensamientos con el propósito de desechar aquellos que poco a poco tu imaginación va construyendo.  Y que para el colmo, te turban e inquietan.

A continuación, los nervios van en aumento, sabes que para llegar a tu destino aun debes atravesar unos callejones completamente aislados y asolados. Si hasta el momento tu camino había estado alumbrado por las luces de la ciudad, ahora éstas van reduciéndose a medida que te aproximas a tu hogar.

En un intento de tomar el control de la situación te reclamas a ti misma pensar con madurez.

El primer paso consiste en preguntarte cuál es la causa de tu temor. El segundo paso …

Te quedas paralizada, no hay tiempo para pensar de forma cuerda. No hay tiempo para filosofar.

Acontece que súbitamente ya no estás tan sola como creías. Unos focos parecen querer aclarar tu trayecto…

Si antes deseabas compañía, ahora desearías hallarte completamente sola. Solo tu y tu sombra caminando en una oscura y común noche de invierno por la misma avenida de siempre.

Pánico.

Sientes cómo en tu frente están originándose diminutas gotas de sudor que vertiginosamente empapan tus cálidas y rosadas mejillas.

El abrigo que te resguarda del frío te parece tan incómodo ahora, que incluso quisieras deshacerte de él.

Te colocaste unos zapatos de tacón que te incapacitan ir a una marcha excesivamente rápida, por lo tanto, te limitas a caminar apresuradamente mientras te arrepientes de dicha  estúpida elección.

Aunque no lo parecía tanto mientras los lucías gustosamente en la fiesta.

El corazón palpita con ritmo acelerado, como si predijese que algo malo podría suceder. Como si a gritos quisiera advertirte de algo.

Aquellos focos pertenecen a un mercedes negro cuyo conductor parece ser un hombre bastante senil. Pudiste averiguarlo pues tuviste el coraje de mirar atrás.

Está a solo unos pies de ti y avanza en la misma medida que tú lo estás haciendo.

A tal compás y distancia incluso podríais mantener una plácida y tranquila conversación.

Este hecho te estremece. Te amedrenta.

En un pestañeo el coche ha desaparecido, lo percibes en la densa oscuridad alejándose con moderada velocidad.

Vuelves a recuperar el aliento. Prosigues tu camino.

No hay tiempo para seguir pasando sustos.

Experimentas un cambio a nivel hormonal y te parece que aquella famosa hormona que segrega adrenalina está más disparada que nunca. Osas aprovechar este sucesoriginalo químico-biológico que está escarmentando tu cuerpo y  empiezas a correr.

Tus ojos observan el bar de al lado de tu domicilio. Sigue abierto. Te alegras de ver gente dentro.

Diriges la mirada hacia tu vivienda. Allí está.

Tu caminar se va ralentizando. Tu cuerpo segrega endorfinas; destila felicidad.

Se dibuja una sonrisa sobre tu rostro.

Los ataques de pánico te han vuelto a jugar una mala pasada. Pero has llegado. Estás nuevamente en casa.

 

 

 

– Beatrice Teodora

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