”El hogar está, donde está el corazón”

Es un muchacho que proviene de una prole de 13 hermanos, una familia muy humilde y de escasas condiciones.

Siendo él el hermano mayor de todos, se convirtió en aquel jovencito que a temprana edad se vio forzado a emigrar a otro territorio que, desde allí, le permitiera sustentar a su familia.

Mi padre, a partir de los 17 años, aprendió a manejarse en el ámbito de la construcción.

A los 18 años la suela de sus desgastados zapatos acariciaron un suelo nuevo y sus ojos captaron la imagen de lo que constituiría, a partir de aquel momento, su nueva y temporal tierra.

Su hogar.

Aunque erraría afirmando esto último, pues , dicen que ”el hogar está donde está el corazón”.

Quizá mi padre se encontrara a miles de kilómetros, pero sé con certeza que su corazón nunca había partido de casa.

Tal vez, incluso hoy en día sigue almacenado en aquella vieja caja de cartón empolvada donde la abuela acostumbra a guardar sus medicamentos para la tensión.

O, tal vez, en aquel considerable cofre de galletas carmesí colocado en lo más recóndito de la casa, en un lugar elevado para no poder ser alcanzado por los más pequeños.

No sé, quizá no…

A lo mejor se hizo polvo y es atesorado con celo, por alguien, en una bohemia urna de cristal, tal como las cenizas de los difuntos.

Bueno, sigamos.

Os confesaré que antes que su boca encontrara morada en otra boca y antes que su piel sintiese el tacto de otra piel, él ya había sido testigo de decenas de muertes.

Recorría las calles resignándose a observar como el nocivo efecto de las bombas afectaba , a diario, nuevas víctimas.

BOOM !

BOOM !

BOOM !

Rubén, debemos ponernos a cubierto- le advierten nuevamente sus compañeros de trabajo.

 

Las rodillas peladas, el hambre, el temor, la inexperiencia, la incomunicación, los bombardeos y  los ataques terroristas…

Nada de esto conseguía detenerlo.

Muy cerca de sus pecho guardaba una diminuta fotografía en la que se aprecian los rostros de todos aquellos que esperan su venida.

Lo que más le llenaba era el hecho de poder cubrir mensualmente las necesidades económicas de éstos.

Aunque las suyas, las del alma, no estuvieran siendo cubiertas.

Si ese era su martirio, estaba presto a seguir siendo inmolado.

Hay que levantar plegarias por la paz de Israel- se oye, desde algún lugar, a lo lejos.

Padre, aguanta un poco más – le hubiera yo susurrado, desde algún lugar, cerquita, al oído.

Falta tan poco, tan poco para tu regreso.

Padre, ha llegado el tan ansiado momento.

Has visto marchitarse 1095 días, he aquí, todos los has contado.

El día de hoy, lo tienes bien marcado porque marca tu partida de Israel y , al mismo tiempo, la vuelta a tu país.

Padre, pronto conocerás a mamá y me engendrarás.

Después de escuchar durante nueve meses tus proezas y hazañas, ya anhelo verte.

Conocerte.

He aquí, ya estoy.

En cambio tú, no estás.

Te fuiste, otra vez, para no regresar.

Esta vez a España, considerada una tierra pródiga y un destino más seguro.

Pues, no podías seguir arriesgando tu vida sabiendo que yo ahora, con ansias te estaría esperando.

Cada día contemplo tu fotografía, la cual ya está bastante arrugada y consumida por el constante toque de mis dedos.

Hoy descubrí algo nuevo, tus ojos poseen el mismo color que los míos, como las gemas, como las gemas verdes son.

Piedras preciosas.

Y mañana, de cierto, al volver a mirarte, descubra algo nuevo.

O quizá no, quizá solo sean inventos míos.

Tal vez, ni siquiera te pareces a mí . No tenemos nada en común.

Pero ¿qué puedo decir de ti?

Mamá me dice que sí nos parecemos.

Pero no sé, tal vez, me miente.

Cómo puedo creerla si no puedo, ni siquiera, juzgar esto por mí misma?

Padre, me dicen que me marcho. Que me despida, que me voy.

Que prepare mi maleta, que guarde mis muñecas, que estaré viajando durante algún par de días en un autobús que me llevará a ti.

¿será cierto?

Perdóname si al bajarme de éste, quiera soltarle la mano a mi hermanito mayor y en un acto de rebeldía correr hacia ti.

Pero perdóname aun más, si no sepa, en mi camino, ante quién detenerme y en brazos de quién lanzarme.

Discúlpame por haber olvidado tu rostro y la descripción que un día, por teléfono, de él me hiciste.

Espera!

Yo reconozco esos ojos.

Eres tú, papá.

Sin duda, mamá tenía razón.

¡Nos parecemos tanto tu y yo!

Ahora mi mente, al fin es libre,

No debe preocuparse más si esos bocetos que creó de ti pierden totalmente sus trazos.

Ahora, ya no hace falta inventarte.

Ahora…

Al fin, puedo verte.

Después de tantos años…

¡estoy en casa!

Pues mi corazón siempre permaneció contigo

Y el tuyo, conmigo.

Ambos estamos en casa.

Nuestro hogar.

¡Hemos llegado, estamos a salvo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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