sobre alguien que conocí

Súbitamente había hallado una nueva inspiración, ya no le escribía estrofas al tiempo ni se deleitaba como cada mañana en el café, a excepción, claro está, del que abarcaban sus ojos.

Si podía, cada vez que le veía, tomaba una pequeña dosis. Pero en silencio, sin hacer mucho alboroto, sin ser percibida. Y como de puntillas, penetraba sus pupilas y se apoderaba de la mayor cantidad que le fuera posible. Así como para permanecer despierta toda una docena de madrugadas mientras durara la mayor época de exámenes de aquella temporada en la Universidad o como para no dormirse las próximas 12 horas.

Ese chico, de cierto, poseía una sustancia adictiva. Pero no solo era pura cafeína sino también vino, vino moscatel, de los que se produce a partir de las uvas más dulces y maduras.

No lo conocía desde hacía mucho tiempo, pero intuía que quizá, a veces, él también podía ser amargo como el café cuando no se le echa azúcar o, tal vez, dulce y aromático como el olor más flagrante que puede encontrarse en un jardín florecido en tiempos de primavera.

Le resultaba tan deleitante otorgarse a sí misma un paseo por sus pupilas que olvidaba que si permanecía mucho tiempo extraviada en sus cuencas, tal vez, luego, le fuera imposible marcharse. Quedando así atrapada hasta que él se diera cuenta y la dejara salir.

¿Salir? Si quien la viera juzgaría que ella solo quisiera quedarse. En el lugar donde había hallado una notable paz y sosiego, calma y tranquilidad. Como ese reposo que experimentaba hallándose entre sus brazos cuando se acercaba a ella y le aseguraba que no había lugar más armonioso en el que él, también, deseara estar.

Lo escuchaba con pasión, tanto cuando se refería a sus aficiones como cuando le comentaba qué tal había ido su día en el gimnasio.

Como cuando le contaba sobre aspectos cuotidianos, sobre su reproducción de Rhytmes and Blues o hasta cuando le hablaba con gracejo y desenvoltura en italiano.

En cuanto a su música, lo que percibía de él, es que unas veces activaba el modo automático, mientras que otras, le solía apetecer una canción en particular y la buscaba sin titubear. Quizá porque percibía que se adecuaba a la situación del momento o, simplemente, porque se la quería enseñar a ella, y una vez hecho esto, contagiarla también. Del ritmo, del verso, de la pasión…o qué se yo.

Pero siempre, acudiendo al mismo género, porque era el único que a él le llenaba y con el cual se sentía identificado. Con el cual podía llorar o, quizá, bailar.

Y bailar a ritmo de blues, es lo que se dispusieron hacer aquella noche. Cuando nadie los veía y únicamente podía escucharse una misma respiración tranquila e, irónicamente, al mismo tiempo, excitada.

Y, por ahora, me limitaré a poner aquí el punto a este relato. Porque quien lo leyera diría que nadie dedica poesía a menos que esté enamorado. Pero ella, no estaba enamorada. No, porque, aunque nadie lo intuiría, en verdad, solo se conocían desde hacía un par de días. Pero quien los viera, diría que habían vivido, al menos, un tercio de vida juntos.

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